Sara Aldrete, Me dicen la narcosatánica

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Random House Mondadori

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Desde el 13 de abril de 1989 se me conoce con varios alias, apodos o sobrenombres: la Sacerdotisa, la Madrina, la Concubina del Diablo, la Narcofanática y la Narcosatánica. O, simplemente, Satánica. A partir de ese día, y a lo largo de dos meses, los medios de comunicación, nacionales e internacionales, difundieron mi nombre, mi imagen y mi vinculación con el cubano-nor-teamericano Adolfo de Jesús Constanzo, alias El Padrino. Nos declararon culpables de haber asesinado a 13 personas halladas en las inmediaciones del Rancho Santa Elena, en Matamoros, Tamaulipas. Afirmaron que los sacrificamos en ritos satánicos. Adolfo, en efecto, era santero, profesaba la santería y estaba muy bien acreditado en los altos medios políticos, artísticos y policiacos. A pesar de ello, la Policía Judicial Federal también lo acusó de narcotraficante. Porque Constanzo realizaba ritos propios de la santería, los federales derivaron el nombre de esa religión a la palabra sataneria; de ahí nace el sonoro, escandaloso y escalofriante sobrenombre que recibimos sus forzados acompañantes: los Narcosatánicos.

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